¿Por qué los latinos votan a Trump?

Las elecciones de noviembre de 2024 arrojaron un resultado que amenaza los otrora bastiones electorales sociodemográficos demócratas, pero, ¿ello es meramente una tendencia coyuntural? O, más bien, ¿refleja lo que está por venir? En este artículo exploro las líneas maestras de por qué asistimos por doquier al auge de formaciones de derecha radical y nacionalista en cada democracia liberal a lo largo y ancho del mundo

Trump, imagen divertida generada por IA

Desde Europa vemos a menudo con asombro que alguien tan histriónico como Donald J. Trump, un personaje digno de haber salido de Forocoches, se aloje en la Casa Blanca, probablemente el centro decisorio más importante del mundo. Pero, ¿y si no tuviera nada de sorprendente? El proceso mental por el que alguien llega a tal grado de asombro suele ser del tipo siguiente: le votan, ergo les entusiasma. Hay otra explicación más plausible y que suele explicar el comportamiento electoral de buena parte de los electores, máxime si el sistema de partidos es bipartidista y la apatía política está extendida: detestan aún más a su alternativa. Al fin y al cabo, no debe ser casual que la izquierda esté en declive en cada democracia liberal del mundo y este fenómeno venga acompañado de un auge igual de pronunciado de formaciones de derecha radical. Son las dos caras de la misma moneda. Esta (auto)crítica suele estar ausente de los relatos que centran el tiro en lo reaccionario o estúpido o inculto del elector estadounidense. En comunicación política solemos utilizar el concepto de «issue property» para categorizar una serie de significantes que cada partido explota en propiedad para fidelizar votos. Por ejemplo, históricamente cualquier coyuntura histórica que diera preeminencia a los issues de Seguridad y Defensa, favorecía las expectativas electorales republicanas, y, por contra, un contexto que diera preeminencia a cuestiones de equidad social, a las demócratas. Tal ha sido el tablero de juego desde el final de la IIGM. Ese tablero se ha desmoronado: hoy asistimos a cómo la izquierda liberal deja el camino expedito para que la derecha radical emergente articule discursos que pertenecían a aquella, en una mezcla sui generis de elementos nacionalistas y obreristas, de parentesco marxista, industrialistas, colectivistas y proteccionistas que amenaza con arrasar la hegemonía socialdemócrata que ha imperado durante décadas.

El discurso de toma de posesión de Donald J. Trump en enero de 2025: un ejemplo magnífico, desde el punto de vista de la comunicación política, de esa amalgama de significantes nacionalistas y obreristas que caracteriza el relato de la derecha radical emergente.

Valores materiales Vs posmaterialistas: ¿declive del wokismo?

El relajamiento a lo largo de las décadas del clivaje socioeconómico, con un debilitamiento de la identidad de clase fruto del desarrollo económico y del Estado de Bienestar tras la IIGM, hizo proliferar en los hijos de las clases medias -especialmente entre aquellos con formación universitaria- los valores postmaterialistas (Inglehart: 1991). Ante la disyuntiva de los partidos que compiten por el centro de parecerse más entre ellos o reciclarse, los partidos de centro-izquierda buscaron nuevas formas de fidelizar el voto, tejiendo una alianza interclasista de nuevas identidades, desde el género a la raza, pasando por la orientación sexual. Hoy llamamos a esa amalgama «wokismo«, pero hace ya décadas que fue predicha por Inglehart bajo la etiqueta de «valores postmaterialistas«.

Ronald Inglehart "El cambio cultural en las sociedades industriales avanzadas"

Inglehart postuló que la proliferación de cosmovisiones que ponían menos en el centro los aspectos materiales y más en aspectos como la realización personal, llevaría a un desaceleramiento de las tasas de crecimiento económico de los países occidentales. Y, aunque ello se deba a múltiples fatores, así ha ocurrido. Así, se ha extendido el juicio de que los enfoques de política de la Nueva Izquierda o como a mi me gusta llamarla, izquierda liberal, descuidan la promoción de los intereses de la clase trabajadora. Me gusta llamarla así porque, al fin y al cabo, la Nueva Izquierda es el producto mejor acabado de aquel espíritu individualista que echa andar con el concepto de autopropiedad en John Locke y de aquel espíritu utililitarista que echa a andar con James Mill y Jeremy Bentham y que cifra la medida de todas las cosas en el bienestar individual.

«Derecha radical», una amalgama abigarrada de elementos conservadores y pseudo-marxistas

La derecha está empezando a explotar esta coyuntura hábilmente. Trump no es el único, ni siquiera el primero, pues la derecha radical francesa lleva años de ventaja en el deslizamiento hacia un discurso obrerista que araña apoyos en los otrora bastiones del comunismo francés. Pero la holgada victoria de Trump en la democracia más importante del mundo, señala el camino. Así, Trump le dice a los trabajadores pobres de toda condición -y no solo a los blancos- que el sueño americano, aquel que motivó a muchos migrantes económicos a probar suerte en los EEUU, es incompatible con las políticas de los demócratas. Y el discurso ha calado. Al fin y al cabo, hay mucho de cierto en que la Nueva Izquierda batalla en lides muy diferentes a las que lucharon los marxistas clásicos. Si la victoria de Trump es coyuntural o la alianza multicolor en que basan sus expectativas electorales los demócratas está por contra agotada, lo veremos en el futuro. Viendo la emergencia de grupos de derecha radical en cada democracia a lo largo y ancho del mundo, apostaría por lo segundo. Quizás Trump no fuera el bache, sino que lo fue Biden: quizás sin un Covid-19 tan penosamente gestionado, Trump hubiera sido reelegido en 2020.


Los aspectos que Trump destacó negativamente de la política migratoria de los liberals recuerdan mucho -y muy ilustrativamente- al enfoque marxista del ejército industrial de reserva. La llegada de migrantes de forma irregular y que el tejido productivo no podría absorber sin deteriorar las condiciones de empleo de los que trabajaban ya previamente en el país, llevaría a una homogeinización de salarios a la baja. Los empleos precarios y mal-pagados que aceptarían los migrantes económicos, depauperizarían a su vez a los trabajadores nativos… y también a las oleadas de migrantes más antiguas… Así, el sueño americano se ve amenazado por la política de fronteras abiertas. De nuevo, el retorno del crisol americano, aquel magma de prosperidad que no distinguía entre irlandeses, italianos… a finales del XIX y principios-mediados del XX… y que no distingue hoy entre blancos, latinos, negros y asiáticos: ve americanos que quieren prosperar y que no pueden hacerlo por las fallidas políticas de izquierda. Tal es la radiografía del discurso trumpista, pero es aplicable a la derecha radical que emerge por doquier en cualquier otro país.

El «Melting Pot» o crisol americano

Al fin y al cabo, los migrantes económicos de cualquier origen eligieron los EEUU no por sus valores postmaterialistas, sino por la oportunidad de prosperar. Así, el potencial de este discurso ya estaba ahí antes de que Trump lo articulara. Responde genuinamente a los anhelos, preocupaciones y necesidades de los migrantes. Si sean cantos de sirena vacíos ya es otra cuestión, pero que ha sabido conectar de veras con estos segmentos es un hecho. La historia no es una foto fija, pero sin duda los demócratas han de explorar el modo de reformularse, pues la reconfiguración de los clivajes amenaza con demoler sus feudos, y ello precisamente cuando más parecía que los republicanos se enfrentaban a un declive inexorable. Los vericuetos del destino son insondables.

  • Ronald Inglehart (1991). El Cambio Cultural en las Sociedades Industriales Avanzadas. En López Nieto y Delgado Sotilos (comps.), Análisis Político y Electoral. (1ª Ed., pp. 325-343). UNED

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