¿Por qué Presidencialismo y Representación Proporcional en las Cámaras conjugan mal? Si hacemos el juego mental de considerar que el cargo de Presidente constituye un Parlamento de un solo miembro, por tanto uninominal, y el Parlamento es una institución a su vez plurinominal, entenderemos de una sola pincelada por qué estos dos elementos juntos son un cóctel explosivo. En este artículo desarrollo las razones por las que las Repúblicas Presidenciales de América Latina están perennemente tensionadas por la amenaza autoritaria y cómo ello se debe en gran medida a lo inadecuado de su diseño institucional, siendo este uniforme en toda la región en lo que a los dos elementos de ese mal binomio respecta
La Ley de Hierro de las Oligarquías se abre paso en todo tiempo y en todo lugar: ya en Atenas no era lo mismo ser Pericles que Perico el de los palotes; ello no iba a ser menos verdad en las democracias contemporáneas. Cuando las cosas van bien, la casta no levanta recelos. Cuando las sociedades acumulan problemas irresolutos, el Rey aparece desnudo. Ya lo vimos en el periodo de entreguerras, y la cosa no acabó bien… Todo ello es causa, sí, pero sobre todo síntoma de los males que acucian nuestras sociedades. Los líderes mesiánicos vienen, con sus soluciones perfectas para problemas complejos, a aliviar -momentáneamente- la desesperación de la gente: ¡transformándola en ira!
La Ley de Hierro es una teoría del sociólogo italiano, de origen alemán, Robert Michels.Junto a la teoría de la Pax Democrática y junto a la teoría Duverger sobre la relación entre sistemas electorales y sistemas de partidos, la Ley de Hierro es una de las tres teorías que han alcanzado un estatus de cuasi-ley científica; casi, podríamos decir, de tipo determinísitico y aceptado por toda la comunidad en ciencias políticas: cosa que por cierto es impropia de las ciencias sociales, que parten antes de esquemas probabilísticos del tipo «si ocurre «A», puede ocurrir «B»» antes que de tipo determinístico «Si ocurre «A», ocurre «B»».
La Ley postula que existe una tendencia inexorable de toda organización y sociedad hacia la oligarquía. Pese a haber sido formulada por un militante del Partido Fascista italiano, la teoría goza, como digo, de un respaldo casi unánime en la Ciencia Política a nivel teórico y empírico.
Piensa en cualquier organización, por ejemplo, una asociación de rescate de animales. El día antes de instituir la asociación todos sus miembros están fuertemente implicados por los fines a perseguir y nada más. Al día siguiente de fundar la asociación surgen preguntas del tipo, ¿quién llevará la tesorería? ¿Cómo organizaremos esto o aquello?
En una organización la inversión de la relación entre medios y fines se produce de forma mecánica. Dadas unas necesidades funcionales de la organización, y en tanto que sus miembros consideran que su existencia es necesaria para alcanzar unos determinados fines, las necesidades inmediatas de la organización terminan por imponerse a sus fines últimos.
Y detrás de cada necesidad funcional a corto plazo, hay un cargo, una persona, con una tarea encomendada. Ese grupo de gente que va haciéndose imprescindible para el funcionamiento de la organización es la “Oligarquía”.
Michels nos dice que en las democracias ocurre esto mismo.
Esa desesperación toma forma física y adquiere el formato de la ira en, i) partidos radicales en los sistemas parlamentarios; ii) y outsiders que tienen la ventaja táctica de poder fácilmente aparentar un ethos anti-partido y anti-político en los Presidencialistas. Explicar el porqué de esta diferencia de comportamiento entre el Parlamentarismo y el Presidencialismo requeriría un desarrollo para el que sería más adecuado un artículo aparte -que probablemente termine por traerles a este mi querido blog-; quédense con esto: los partidos en el Presidencialismo son intrínsecamente débiles.
En otras palabras, los populismos adquieren formas y apariencias diferentes en el parlamentarismo y el Presidencialismo, pero todos ellos tienen en común su desprecio por la casta, por la «Oligarquía»: término curioso, el de casta, que es ambivalentemente empleado a ambos extremos del espectro ideológico, desde Pablo Iglesias a Javier Milei…
¡Ah, pero cuando llegan al poder, la Ley de Hierro les pasa por encima como a sus predecesores, y devienen ellos mismos casta! Veremos si a Milei le ocurre también -deseo encarecidamente que no-, como hemos constatado en España que le ocurrió a Podemos.
La atomización de la representación con candidatos sin partido en LA no es sino la misma dinámica que observamos en los sistemas parlamentarios con la fragmentación creciente de la representación, pero en el particular bioma presidencialista: aquí se fragmentan los parlamentos, allí se volatilizan unos partidos ya de por sí debilitados por la legitimidad dual -la elección separada de Presidente y Parlamento- y la separación de poderes, si es que tal cosa existe en un contexto, como el latino, en que los Presidentes han ido inexorablemente ganando terreno a los legislativos. Y es que, al contrario que ocurre en EEUU, elección directa del Jefe de Estado y representación proporcional en las cámaras conjugan mal. La perenne deriva autoritaria de las Repúblicas latinoamericanas no es más que el síntoma de esta mala mezcla. Así, la emergencia de líderes populistas y autoritarios no es más que la forma específica en que se manifiestan en el presidencialismo las amenazas que en realidad afectan a todas -sin excepción- las democracias contemporáneas. La clásica recomendación de Juan Linz y otros autores de mutar progresivamente hacia el parlamentarismo (Linz:1997) era pertinente hace años, pues las sociedades latinas enfrentan mayor número de clivajes que los EEUU, y por tanto el presidencialismo es una mala elección, en tanto que su lógica es intrínsecamente mayoritaria. El ejemplo paradigmático es Bolivia: su fragmentación étnica, junto al clivaje campo-ciudad y el conspicuo izquierda-derecha, hacen de aquel país una sociedad atravesada por tal variedad de conflictos que la elección mayoritaria -esto es, que el que gana las elecciones, se lleva toda la representación- está altamente contraindicada. Que una sociedad como la británica o la norteamericana utilicen distritos uninominales para la elección a la Cámara de los Comunes y de Representantes, respectivamente, no genera grandes problemas, pues son países atravesados por un único clivaje, un único conflicto, una única línea de fractura: la socioeconómica, más conocida como eje izquierda-derecha . En países divididos en más frentes, este tipo de sistema electoral es potencialmente inestable. Para más detalles sobre el concepto de clivaje, les recomiendo ojear este artículo.
Juan Linz, coautor de: Las crisis del presidencialismo. El caso de Latinoamérica
Pero no llevemos a engaño: actualmente el cambio de régimen, por más que siga siendo recomendable, no paliaría en demasía la situación, pues la degradación que allí están sufriendo acontece también en las democracias parlamentarias, con ligeros matices diferenciales que no deben tapar el bosque entero. El problema de América Latina no es solo el Presidencialismo y su lógica intrínsecamente mayoritaria, por más que no sea el más apropiado de los modelos para su contexto.
La legitimidad dual -no olvidemos que los partidos surgieron precisamente en el proceso histórico de desarrollo del parlamentarismo- debilita los partidos per se. En los sistemas Presidenciales, los partidos son maquinarias de competición electoral, armazones vacíos que se activan de cara a las contiendas electorales y permanecen dormidos el resto del tiempo. En los EEUU, con representación mayoritaria en ambas cámaras, en particular con distritos uninominales para la Cámara Baja, este fenómeno también se da en las legislativas. Allí, lo importante son los candidatos, tanto en las presidenciales como en las legislativas. Precisamente por ello, la representación proporcional mezcla extraordinariamente mal con el presidencialismo. No solo la fragmentación del parlamento genera bloqueos interinstitucionales con el Presidente, sino que el debilitamiento de los candidatos individuales con el voto por listas plurinominales -que da un enorme poder a la jerarquía del partido sobre sus miembros individuales, al monopolizar la decisión sobre las carreras políticas de estos con el clásico «si te mueves, no sales en la foto«- socava la gran virtud del Presidencialismo: la división de poderes, los check-and-balances que tanto inspiraron a los constituyentes latinos a emular la República de los EEUU. Así, fragmentado el legislativo en sus cuitas internas, siendo percibido como un lastre por los Presidentes -tanto más cuanto mas autoritarios- y pudiendo este esgrimir la carta de la elección popular directa, en los presidencialismos latinoamericanos es especialmente fácil articular la retórica anti-partido y anti-casta.
La lista de ejemplos es interminable: la asamblea constituyente de Maduro como medio para cercenar el Parlamento legítimamente emanado de la voluntad popular, los movimientos de Evo Morales para saltarse la restricción de mandatos, constituyen notables y recientes ejemplos de esta deriva autoritaria… en este video trato el tema con más detalle. Sin embargo, les recomiendo que presten atención al minuto 5:50, en ese fragmento pueden observar cuando Bukele hizo su muy simbólica entrada en el Parlamento escoltado por militares armados.
Se dice que en el presidencialismo los partidos son casi prescindibles para la tarea electoral, pero hay que hacer una precisión respecto a esto. Esta afirmación es cierta para las presidenciales, como lo es en EEUU; pero para las legislativas, los partidos latinoamericanos son de hecho mucho más importantes que en los EEUU. La magia del asunto es que, con la elección mayoritaria -y uninominal de los representantes- en EEUU, la debilidad de los partidos no es un problema en absoluto. Mientras el sistema de comisiones parlamentarias, caucus, la autonomía de los parlamentarios… sigan en pie, el legislativo estadounidense seguirá siendo un poder fuerte, con partidos fuertes o sin ellos. En cambio, precisamente por la elección por listas y por la fragmentación parlamentaria, los partidos políticos latinoamericanos sí juegan un papel electoral importante en las legislativas. Y es precisamente esto, junto a su debilidad relativa respecto al Presidente, lo que explica las situaciones de bloqueo, que a su vez explican la proclividad de los Presidentes a poner coto al legislativo. Como digo, la combinación de la elección más mayoritaria de entre las posibles para el Jefe de Estado: que al fin y al cabo es un solo «escaño», un “distrito uninominal de escala nacional” si se quiere ver así; con la elección proporcional de las cámaras, implica un diseño institucional nefasto que por sí solo explica gran parte de la proclividad de América Latina al autoritarismo. Lo que hace al Parlamento estadounidense un legislativo fuerte es precisamente la fortaleza de sus candidatos individuales, hecho incompatible con la fórmula electoral proporcional y la dimensión de los distritos electorales de las legislativas en los sistemas electorales latinoamericanos.
En ese sentido mis recomendaciones son dos posibles, aunque desde luego no son ninguna panacea: hacer caso a Linz y mutar progresivamente al parlamentarismo o adoptar la representación mayoritaria en las cámaras. La moraleja es simple: no se puede tener lo mejor de los dos mundos.
Linz, J. (1997). Democracia Presidencial o Parlamentaria. ¿Qué diferencia implica? En López Nieto y Delgado Sotillos (Comps.),Actores y Comportamiento Político(1ª Ed., pp. 108-219). UNED